La fiesta del ganado de Tenerife

Habíamos escuchado que al día siguiente iba a haber una fiesta en el pueblo cercano de La Matanza (así llamado por el exterminio que sufrieron las tropas españolas a manos de los guanches, la población autóctona, en el siglo XVI). La celebración se debía al día de San Antonio Abad, cuando se bendice a los animales.  No habíamos encontrado más información del lugar exacto, pero era de una de las cosas que hacer en Tenerife.

Preguntamos en un mercado local. Una chica que vendía pendientes -feos, la verdad sea dicha- nos dijo que los mejor era aparcar el coche cerca del supermercado Super Dino y empezar a andar en dirección a la colina cerca. Hicimos como nos recomendó  y empezamos a seguir el rastro de excrementos de los animales en la empinada carretera desde la que se disfrutaba de vistas espectaculares del norte de la isla. Un gran verdor dominaba el paisaje en contraste con las montañas más altas con nieve en su cima y el mar a apenas unos kilómetros.

La primera señal de la celebración del día era una mesa fuera de una casa, un simple caballete con una pila de turrón de la fábrica de al lado. Un gitano rechoncho nos guiñó el ojo  mientras decía: “¿me compráis a la vuelta, eh?”. Seguimos subiendo por la irregular carretera mientras el sol calentaba cada vez más. Con la chaqueta en una mano  y una buena cantidad de mierda de animal en el suelo, me arrepentía de haber elegido bailarinas como calzado. Cada pocos minutos nos teníamos que echar a un lado para dejar pasar a los caballos y ganado.

Cuando llegamos al pueblo abundaban los puestos de turrón (con competencia fiera entre dos marcas rivales) así como bares de toda la vida y algunos improvisados que básicamente eran garajes con las puertas abiertas, vino abundante y bautizados con el nombre de la señora de la casa. Llegando al pueblo de San Antonio, había 3 o 4 pequeñas parcelas llenas de animales. Dos, más cercanas al Teide, eran para caballos y otra para cabras y una última para los burros. Los dueños, por lo general gente joven de etnia gitana, se quedaban cerca de sus animales para imponer su presencia mientas observaban a las mozas que por allí se acercaban. Nadie estaba borracho, cosa que nos sorprendía.

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Niños y adultos se pasean por las calles, disfrutando del espectáculo. Grupos de chicos se sientan en las vallas y hacen chistes con el resto. “Eh, guapa”, me dice un hombre alto con pelo de color caoba mientras toca mi brazo. “¿Estás aquí sola?” dice.  Señalo a mi compañía. El hombre se marcha sin decir palabra.

Cerca de la iglesia la muchedumbre se agolpa. Allí hay otras 4 parcelas para las cabras con cuernos en forma de tirabuzón, muy típicas de las isla. En la parcela más cercana a la iglesia se sientan sobre sus cuartos traseros. Algunas dormitan mientras disfrutan de luz acuosa de final de enero.

Ordeñar, cosa solo de mayores

Una de los lotes es manejado por una pareja de padres jóvenes -hermanos por su apariencia, uno quizá tres o cuatros años mayor que el otro- . Cogen a menudo a los animales por los cuernos y los arrastran a una esquina donde las ordeñan. La cabra trata de reunirse con sus congéneres, solo retenida en el lugar por la presión de los pulgares del chico sobre su ubre azul. Un niño trata de participar pero es apartado rápidamente por el reverso de una de las manos de los mayores. Mientras el pulgar sigue ordeñando.

Hombres viejos de pueblos cercanos se apoyan en las vallas de la parcela y hablan lentamente. Algunos llevan el manto tradicional de la isla, otros gorras de campo. También vemos Nike Air antiquísimas, puestas con orgullo para la ocasión.

Dejamos atrás a las cabras y subimos por las escaleras hacia la iglesia. Tienes que abrirte paso para ver la cola de gente que lleva telas blancas para ser bendecidas. En la calle, tenderetes improvisados venden pistolas de plásticos a los niños y diademas de papel a las chicas. Los puestos que vende comida compiten por el espacio mientras el olor a aceite frito llena el aire y un hombre bebe cerveza de vasos de plástico.

Una chica lleva su propio buey de ojos tristes a través de la multitud con un aire de estar pensando en otra cosa. Enrolla una tela blanca cerca de su cuerno derecho. La bestia avanza hacia el lado izquierdo y ella lo lleva de nuevo a la mitad de la carretera.  Luce estupendamente: engalanada para la ocasión, vistiendo con un chandal negro y rosa nuevo y tacones altos. Su padre, de traje y corbata, lleva un animal similar sin que se desvíe del camino. La gente se aparta.

Más allá de la colina, más casas se han convertido por arte de magia en bares y acogen ahora a los pasan por allí.

Vemos a los animales un rato más y nos metemos en uno de los bares-casa. Un chico de nuestra edad nos sirve. Decanta vino casero de un recipiente de plástico enorme en botellas de cristal. Nos sentamos en un barril y vemos a la gente local entrar, brindar de manera incomprensible y salir de nuevo a la calle. 

Más información

La Fiesta de San Antonio Abad se celebra anualmente el 19 de enero. Se celebra en realidad en el domingo más cercano al día 19 en la localidad de La Matanza de Acentejo, en la costa norte de Tenerife.  Lo mejor es aparcar el coche y subir a pie. En la web del municipio se suele actualizar la información, pero siempre funciona preguntar a los lugareños.

Escrito por Lucy Wilkinson Yates

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