Los encierros que no vi, por Eduardo Laporte

running of the bullsCuando pienso en los Sanfermines de mi infancia encuentro más ausencias de recuerdos que recuerdos verdaderos, lo cual me apena no poco. Porque cuando uno, de niño, recibe las cosas como algo natural, que siempre ha estado ahí, supongo que a los parisinos les pasará, yo que sé, con la torre Eiffel, deja de apreciarlas. Las desprecia, incluso, con silenciosa arrogancia, como si la cosa no fuera con él. Era como si estuviera por encima de esas gentes que, con una actitud quizá más sana, se mezclan con el festejo conscientes de que lo local también puede aportarte algo excepcional.

Así que en aquellas mañanas en que mi madre intentaba, sin éxito, despertarnos para acudir a los encierros, para verlos desde el balcón de unos amigos en la calle Estafeta, mis recuerdos son apenas unas sombras en la pared a través de mis ojos legañosos y no el asombro de ver desfilar ante mi a unas bestias corriendo como alma que lleva el diablo. Quizá habría visto alguna cogida, el desgarro tremendo de la carne de un corredor vendido ante la descomunal fuerza de un miura con cuernos como pinzas de un cangrejo gigante. Quizá ese recuerdo se me habría grabado a fuego en la memoria, como a Pío Baroja el gesto siniestro de aquel condenado a muerte que vio morir a garrote vil en el parque de la Ciudadela, en las oscuras postrimerías del siglo XIX.

Quizá esa inesperada visión de la sangre y el dolor, del miedo de ese animal lanzado a un contexto violento y ajeno, hubiera cristalizado en mí de algún modo, y este escrito sería el relato de aquellas primeras imágenes de esa fiesta desaforada. Para resarcirme, una mañana de los Sanfermines de 2003 me metí dentro del vallado, en el mismo recorrido que los seis toros seis, que pasaron a mi lado sin que yo protagonizara, ni mucho menos, una espectacular carrera en la plaza consistorial.

Sí recuerdo en cambio la excitación de los días previos a la fiesta, que en mi casa apenas probábamos para luego escapar a la playa o al campo. Desde mi ventana del paseo de Sarasate veía el montaje de los tenderetes, una especie de haimas africanísimas de lona roja en la que los negros levantaban sus comercios ambulantes. Y digo negros porque así los llamábamos, sin ninguna intención peyorativa. Eran “los negros” porque su color nos llamaba la atención, eran los primeros que veíamos en esa España de los primeros ochenta que se quitaba el polvo de décadas de retraso histórico y fronteras cerradas a la cultura y la movilidad humana.

Entre ese tinglado donde una década antes se celebró, para asombro de propios y extraños, parte de los Encuentros de Pamplona de 1972, con instalaciones de Isidoro Valcárcel, también destacaba un simpar personaje bautizado como Donan Pher, exótico anagrama de Fernando. Conocido también como “el emperador del bolígrafo”, se dedicaba a la venta de ese objeto inmortal y desubicado en este guirigay sanferminero. Desde mis ojos de niño, me gustaba acercarme a ese extraño vendedor con sus aires de aventurero y salacot, que remataba con unas fotos en las que se rodeaba el cuello de una enorme y fiera serpiente.

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Tenían los Sanfermines algo imponente, roto el orden tradicional de esa ciudad sosegada, casi suiza, del resto del año. El embrutecimiento de muchas de sus gentes salía entonces a relucir, envalentonado por el vino, el sol y unas invitaciones a la lujuria vetadas durante el resto del año al pamplonica medio. Cuántas parejas han surgido de esos momentos de enajenación mental transitoria del 6 de julio y qué buen celestino ha sido el chupinazo con su descarga de dinamita y adrenalina sobre el cielo de la ciudad vieja.

Hoy, aunque me encuentre a 400 kilómetros de Pamplona, la ciudad en la que nací y viví los primeros veinticinco años de mi vida, siento todavía ese pequeño desasosiego el día previo al comienzo de la fiesta. Como si se pusiera en riesgo mi capacidad para llevar las riendas, como si se coqueteara con la revolución, como si la alegría más dionisíaca se tocara, como pasa con los extremos, con ese otro reverso de la moneda que es de la violencia desatada, como pasó en los Sanfermines del delicado año de 1978.

Quizá ese sea el valor de los Sanfermines y de ahí mi renuncia a no censurarlos, a pesar de que su tendencia a la ramplonería y convertirse en un tosco macrobotellón universal me aleje cada vez más de ellos. Algo mágico se esconde todavía entre los intersticios de los adoquines de la Estafeta, en esa fiesta, la taurina, que quizá los años, pacíficamente, vayan arrinconado hasta su definitiva extinción o sustitución por un espectáculo de violencia menos unidireccional. Si no hubiera sido tan perezoso en aquellas mañanas de mi infancia, a lo mejor hoy podría definir mejor esa esquiva realidad que se esconde en una de las fiestas que más magnetismo sigue teniendo en todo el mundo.

Eduardo Laporte es escritor. Puedes seguir sus relatos diario en en elnaugrafodigital. También colabora en las páginas de cultura del diario El Correo y ha publicado el libro autobiográfico Luz de Noviembre en la editorial Demi Page.

Foto de portada: Flickr / Jaronson

Fotos interiores: Flickr /Chema Concellón

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