Pizza, pasta y sorpresas: un tour gastronómico por Roma

Here’s what happens when you arrive in Rome. You see pizza and pasta everywhere. Standard Italian food, easy for foreigners to both ask for and eat. Right?

Wrong. Look a little closer and you’ll begin to notice the artichokes fried into globe-like flowers, the supplì and the dishes that are named in a language that everyone tells you is Italian, but whose words do not feature in the dictionary. Just like all of Italy’s formerly autonomous regions, Rome has a vivid food culture all of its own. A culture which has absorbed the quirks of its various inhabitants over the centuries. We joined a food tour with The Roman Guy to find out more.


After meeting our guide Cristiana on the beautiful Piazza Farnese she leads the way to GustARTE, a delicatessen where the emphasis is placed on all things local and organic. We try buffalo mozzarella, cacciocavallo and a pecorino that is tangy with saffron. Then there are prosciuttos, pancettas, capocollos and bresaolas, along with matched wines.


Next stop is a local bar that looks like it has been unchanged for the best part of a century. Here, we try the much-loved Roman speciality of baccalà fritto, a salt-cod delicacy with more flavour than its English counterpart. As we sit and polish off a jug of wine and a pile of fish, we watch locals drifting in to the back of the bar and then leaving shortly after, each one of them with a fried fish wrapped into a little cone. From the shape and the joy on their faces, they could be carrying ice-creams.


Next come the pasta and pizza courses. We share a pizza and a bottle of Sicilian wine just across the river in Trastevere before heading to a neighbourhood favourite restaurant where the staff bring out enormous plates of caccio e pepe (a simple Roman delicacy, spaghetti with pecorino and pepper) and amatriciana (a spicy, tomato-based pasta). Here, we also try the fried artichokes, a legacy of the city’s Jewish history.

We finish the evening with – what else? – gelato. This isn’t just any gelato. In true Roman style, the building that now houses the (really excellent) ice cream parlour was once a theatre, and we end the evening looking at the beautiful frescoes on the ceiling.






Esto es lo que sucede cuando llegas a Roma. Pizza y pasta por todos los lados. La comida italiana de toda la vida, algo fácil de comer y pedir para los extranjeros. ¿Cierto?

No tanto. Si prestas un poco más de atención, te empezarás a dar cuenta de las delicias locales como las alcachofas, los supplì y los platos con un nombre que todo el mundo dice que es italiano, pero cuyas palabras no figuran en ningún diccionario. Como todas las regiones italianas, Roma tiene su propia cultura gastronómica. Una tradición que ha absorbido los estilos de muchas de las influencias que Roma recibió durante el paso de los siglos. En nuestro caso, nos decidimos por un tour con The Roman Guy para averiguar más.


El punto de encuentro con nuestra guía Cristiana en la bellísima Piazza Farnese para desde allí dirigirnos a GustARTE, una tienda delicatessen que cuida especialmente el aspecto local y orgánico de sus productos. Probamos la mozzarella y quesos cacciocavallo y pecorino con un sabor especial por el toque de azafrán. No podía faltar una degustación de jamón, panceta, capocollos y bresaolas, junto a un vaso de vino.


La próxima parada era un bar de aquellos que parece no haber cambiado en absoluto en el último medio siglo. Era el momento de probar la especialidad romana de baccalà fritto, bacalao salado y frito con más sabor que la versión inglesa del mismo. Mientas estábamos sentados y vaciábamos una jarra de vino, se veía a los locales acercarse a la parte trasera del bar y salir poco después, cada uno con su pescado frito a mode de un pequeño cono. Por la alegría de sus caras, parecía que se llevaban un helado.



Lo siguiente fue la pasta y la pizza, que (obviamente) no podía faltar. Compartimos una pizza y una botella de vino siciliano en Trastevere antes de dirigirnos a uno de los restaurantes favoritos del barrio donde los camareros nos traerían platos enormes de pasta caccio e pepe, una receta local que consiste en spaghettis con queso pecorino y pimienta, y amatriciana (con salsa picante de tomate). Aquí, también fue el momento de probar las famosas alcachofas, un legado de la historia judía de Roma.

El colofón a la tarde fue, qué sino, un helado artesana italiano y no era uno cualquiera. Lo curioso es que el edificio que ahora acoge esa heladería era parte de un antiguo teatro y acabamos la tarde mirando los frescos singulares del techo.

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